Los anotadores eureka bailan de emoción
Los anotadores eureka bailan de emoción
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. “Este es un mundo como otro cualquiera”, decía el mensaje.
LUIS MATEO DÍEZ
Amoroscopio
Vos parate ahí, quedate quieto que yo te miro por este lente y descubro de que color es el amor.
El amoroscopio es un lente con el que se puede mirar el mundo, lo que lo rodea y compone. Con él se puede descubrir el color del amor y lo maravilloso es que puede ser diferente para cada uno, porque claro, así es el amor, único para el que lo vive.
Crecer entre libros
Cada libro leído es un paso, un peldaño que subimos. Nos nutrimos de palabras y avanzamos sin miedos acompañados de personajes inolvidables. Andar por la escalera de la literatura es ir por un mundo más rico, no hay nada mejor que volver la vista atrás y ver la cantidad de historias que llevamos.
BlackBerry channel:
Humedad
Tres cucharadas y media de azúcar en el té, seis galletas saladas, a cada una media feta de queso y un cuarto de feta de jamón. Un beso en la mejilla de Matías y dos en la boca de Romina. Tres llaves, la del medio es la más chica, esa abre la puerta del departamento. Sesenta y seis escalones y dos descansos, dieciocho autos en dos filas, el cuarto a la derecha es el suyo, nunca fue el primero. Cinco fabricas en el camino, en la última trabaja él, trescientos setenta y cinco lugares donde estacionar, doce empleados antes de su puesto en la línea de montaje, cuatro mil brazos y piernas puestas en mil muñecas armadas y de vuelta a casa. Sesenta y seis escalones más, de nuevo el llavero y los besos. Setenta y dos canales en la tele y nada para ver. Una cama para dos, piensa y piensa pero no puede acordarse que quería ser de grande. En el techo una mancha de humedad que todas las noches crece tres centímetros con cada sueño que se le escapa.
Ritual
Agarró el diario acomodándose las ojotas, separó su sección preferida y ahí nomás, en el pasillo que da al patio se prendió un pucho como para inspirarse de camino al baño.
Empieza el ritual y con los policiales en mano un extraño trance se apodera de él, las palabras de esos escabrosos textos ocupan toda su atención.
Un sonido lo distrae, trata de volver a la nota pero es imposible, lo molesta ese ruido, baja la vista y del resumidero aparecen unas antenas. Una cucaracha, dos, cinco. Las mira perplejo, se mueven veloces esos bichos asquerosos, pero no dejan de salir. Diez, cien, está petrificado de miedo, el suelo se tiñe de ese horrible color marrón, no paran, son miles, millones y ya las tiene en las rodillas, está bañado en sudor, jamás pensó que su muerte sería así. Le tapan el pecho, no se puede mover y no soporta más esas infinitas patas corriendo por su cuerpo, las siente en su nuez, en la papada, la boca.
-¡Diego! ¿Te falta mucho?
Gira la cabeza, mira para arriba pero sobre todo para abajo y nada, ni una, revisa su cuerpo sin entender -¿Diego?
-No gorda, ya salgo…
San Juan, Puerto Rico
8 de marzo de 1947
Querida vieja:
Como yo le desia antes de venirme, aquí las cosas me van vién. Desde que llegué enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso vivo como don Pepe el administradol de la central allá.
La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Dígale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.
Boy a ver si me saco un retrato un día de estos para mandálselo a uste.
El otro día vi a Felo el hijo de la comai María. El esta trabajando pero gana menos que yo.
Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.
Su ijo que la quiere y le pide la bendisión.
Juan
Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba.
Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y los sellos y despachó la carta.
***
José Luis González, La galería (México: Biblioteca Era, 1982. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).
Cada tanto a López le toca volver a trabajar porque ha descubierto que el dinero tiene una desagradable propensión a irse encogiendo, y que de golpe un grande y hermoso billete de cien francos sale del bolsillo reducido a uno de cincuenta y cuando menos se piensa éste se achica a uno de diez, tras de lo cual ocurre una cosa horrible y es que el bolsillo pesa mucho más y hasta se oye un tintineo simpático, pero esas agradables manifestaciones proceden tan sólo de unas pocas monedas de un franco y ahí te quiero ver. De manera que este pobre sujeto prorrumpe en cavernosos suspiros y firma un contrato de un mes con cualquiera de las empresas para las que ya tantas veces ha trabajado temporariamente, y el lunes 5 del 7 del 66 vuelve a entrar exactamente a las 9 a.m. en la sección 18, piso 4, escalera 2, y paf se topa con el monstruo amable.
Desde luego no es fácil aceptar la realidad del monstruo amable puesto que en primer lugar no hay allí ningún monstruo, qué va a haber un monstruo allí donde el jefe y los compañeros de oficina lo reciben con abrazos y cada uno le cuenta las novedades y le ofrece cigarrillos. La presencia del monstruo es otra cosa, algo que se impone como en diagonal o desde el reverso de lo que va sucediendo ese día y los siguientes, y él tiene que admitirlo aunque nadie lo haya visto nunca porque precisamente ese monstruo es un monstruo en cuanto no es, en cuanto está ahí como una nada viva, una especie de vacío que abarca y posee y escuchá lo que me pasó anoche, López, resulta que mi señora. Es así como casi en seguida se sabe del monstruo porque es increíble, pibe, prometieron un reajuste para febrero y ahora vas a ver lo que pasa, resulta que el Ministerio.
Si hubiera que demarcarlo, irle echando un talco de palabras para discernir su forma y sus límites, a lo mejor entrarían cosas como la pipa de Suárez, la tos que cada tantos minutos sale del despacho de la señora Schmidt, el perfume alimonado de Miss Roberts, los chistes de Toguini (¿te conté el del japonés?), esa manera de subrayar las frases con golpecitos de lápiz sobre la mesa que da a la prosa del doctor Uriarte una calidad de sopa batida con metrónomo. Y también la luz despojada de árboles y nubes que arrastra un plumaje mutilado por los cristales y las medialunas a las diez cuarenta, el ceniciento fluir de las carpetas de expedientes. Nada de eso es realmente el monstruo, o sí pero como una manifestación insignificante de su presencia, como las huellas de sus patas o sus excrementos o un bramido lejano. Y sin embargo el monstruo vive de la pipa o la tos o los golpecitos de lápiz, de cosas así se componen su sangre y su carácter, sobre todo su carácter porque López ha terminado por darse cuenta de que el monstruo es diferente de otros monstruos que también conoce, todo depende de cómo cuaja el monstruo, de qué toses o ventanas o cigarros circulan por sus venas. Si alguna vez supuso que el monstruo era siempre el mismo, algo ubicuo y fatal, le bastó trabajar en diferentes empresas para descubrir que había más de uno, aunque en cierto modo todos fueran siempre el monstruo en la medida en que el monstruo sólo se dejaba reconocer por él mientras sus colegas de oficina parecían no advertir su presencia. López ha llegado a darse cuenta de que el monstruo de la Place Azincourt, el de Villa Calvin y el de Vindobona Street difieren en oscuras cualidades e intenciones y tabacos. Sabe por ejemplo que el de la Plaze Azincourt es gárrulo y buen muchacho, un monstruo amable si se quiere, un monstruito siempre revolcándose un poco y dispuesto a la travesura y al olvido, un monstruo como ya no se usan casi, mientras el de Vindobona Street es agrio y seco, parece a disgusto consigo mismo y respira rastacuerismo y gadgets, es un monstruo resentido y desdichado. Y ahora una vez más López ha entrado en una de las empresas que lo contratan, y sentado ante un escritorio cubierto de papeles ha sentido poco a poco, entornando los ojos mientras fuma y escucha las anécdotas de sus colegas, la lenta inexorable indescriptible coagulación del monstruo que esperaba su regreso para verdaderamente ser, para despertar e hincharse con todas sus escamas y sus pipas y sus toses. Por un rato todavía le parece irrisorio que el monstruo lo haya estado esperando a él que es el único que lo detesta y lo teme, que lo haya estado esperando precisamente a él y no a cualquiera de esos colegas que no saben de su existencia y aunque la supieran se quedarían tan tranquilos, pero también podría suceder que sea por eso que el monstruo no existe cuando sólo están ellos y falta López. Todo le parece tan absurdo que quisiera estar lejos y no tener que trabajar, pero es inútil porque su ausencia no matará al monstruo que seguirá esperando en el humo de la pipa, en el ruido del carrito del café de las diez y cuarenta, en el cuento del japonés. El monstruo es paciente y amable, jamás dirá nada cuando se va López y lo deja ciego, simplemente seguirá allí esperando en su tiniebla con una enorme disponibilidad pacífica y soñolienta. La mañana en que López se instale en el escritorio, rodeado de sus colegas que lo saludan y lo palmean, el monstruo se alegrará de despertar una vez más, se alegrará con una horrible inocente alegría de que sus ojos sean una vez más los ojos con que López lo mira y lo odia.
Julio Cortázar